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Cuatro generaciones

 
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villamilenaria.ad
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MensajePublicado: Lun Nov 21, 2011 11:31 pm    Asunto: Cuatro generaciones Responder citando

Sentada ante la inmensa cristalera, Sara dibuja sobre el paisaje gris de la gran ciudad, sus viejos recuerdos, sueños de infancia de un pasado no lejano en su memoria, pero abismales en el tiempo.
Pasajes de un cuento oído en su niñez, que en estos momentos de su vida van cobrando en su mente movimiento, sobre los viejos tejados de las fábricas, mágicamente se dibujan hermosos cerros y altozanos riscos y maravillosas aunque pequeñas cascadas, corriendo transparentes por los despeñaderos de aquella añorada y amada sierra, una sierra que Sara, recorrió de niña y que ahora en su madurez, acudía a su mente como si ella misma estuviese filmando sus recuerdos.
Recordaba las adelfas, las jaras, los viejos y empinados caminos veri cueteando el monte
Sembrado de oloroso tomillo, a su derecha, una enorme ladera ofrecía su pasto al ganado, enormes y estilizadas figuras negras daban relieve a aquel lienzo que le ofrecía la naturaleza, atrás se había quedado el pantano, a partir del cuál el camino se iba haciendo estrecho y sinuoso, desde un otero, contempló las quietas aguas de la presa, diminuta como si se tratara de una de las casas de su belén, se reflejaba en sus pupilas la morada del guarda.
A lo lejos, rojos tejados, blancas y de piedra las casas por entre las cuales destacaba la cúpula de la Iglesia, y en el otero, las murallas del viejo castillo.
Sara dibujaba con sumo cuidado todos estos paisajes en su memoria, como queriendo archivarlos para el recuerdo, junto a aquellos otros que desde que se ausentó de su querida tierra iba almacenando, a la par que los oía de boca de su madre.
Acababa de llegar de la gran ciudad, todavía estaba caliente el asfalto en sus pies, las grandes avenidas pobladas de elevados edificios y la sombra de aquellos árboles, que ahora le parecían artificiales ante la hermosura del paisaje, que se dibujaba ante sus ojos.
Atravesaban la vieja calzada romana ocultas sus piedras por los hierbajos y el pequeño puente que permanecía tras siglos en aquel lugar, sin que nadie le diese demasiada importancia, frente a ella los eucaliptos, sembrados años antes quizá de que ella naciera, les marcaba el camino hacía el pantano, el año anterior Sara recordaba haber ido al cortijo por una senda diferente, pero no se atrevía a preguntar, quería grabar todo lo posible en su mente de aquellos parajes y conocer una nueva ruta, le ofrecía ese deseo.
Atrás quedaban los charcones con sus productivas huertas y después de enfilar el pantano cogieron el camino de Garbancillares, los llanos de rentero y la dehesilla de altozano hasta llegar a Doña Eva, allí en aquel entorno idílico para ella y quizá demasiado duro para sus habitantes, Sara pasaba parte de sus veranos, no tenía las comodidades de la gran ciudad, sin embargo se sentía feliz y totalmente conjugada con aquella naturaleza, identificada con aquellos montes cubiertos de encinas , de jaras madroñeras y tantas y tantas plantas, hasta ahora desconocidas para ella, aquellos montes donde abundaba la caza y el ganado bravo pastaba en las grandes dehesas de los contornos.
Eran flases lo que venía a su memoria, todo sin orden de época y tiempo.
Transportada como en una nube, como si el tiempo hubiese vuelto atrás, Sara cerró los ojos para encontrarse con su pasado o mejor con un pasado que aunque no le tocó vivir, era para ella el más bello de los sueños, sabia que no era un cuento de hadas, si no una historia real, aquella historia que tantas y tanta veces escuchó de labios de su madre.

Principios del pasado siglo.
La enorme fortaleza daba sombra sobre los rojos y ennegrecidos tejados de las casas, que se asentaban sobre el montículo, donde la alcazaba orgullosa, lucía su silueta, a sus pies algunas casas señoriales vestigios de una pasada nobleza, que siglos atrás, las utilizase como mansiones solariegas, pertenecieron y algunas todavía lo eran de los grandes señores de Baeza.
Sara recordaba la iglesia con la cúpula, que más tarde debido a su deterioro dejaría de ondear en aquel paisaje, para ella como el de un cuento de hadas. Es hermoso recordar los lugares que recorrimos de niños, tal y como se aparecían entonces a nuestra vista, los guardamos en nuestra mente como guardamos esos tesoros que a pesar de no tener valor, para un niño son su bien más preciado, aunque estos últimos van perdiendo estima con el paso de los años, mientras los otros, aquellos en los que un día fuimos felices, los llevamos siempre en el corazón.
Sara llevaba en su interior aquella imagen, el atrio, la Iglesia, la imponente fachada del ayuntamiento, la casa de (de Dª Anita) correos adentrándose ya en el callejón que llevaba al hotel,, y la casa de las viudas en el centro de la plaza, delante mismo, labrada en piedra la imagen de la virgen.
Muchas veces se había preguntado, si sería la misma plaza la que conoció su abuela, o…su bisabuela, seguro que la madre de su bisabuela la había conocido muy diferente y seguro que también como todas las mujeres que la precedieron, habían estado en el atrio de la iglesia y se habían casado ante el imponente retablo que albergaba en su interior, ella, Sara fue la única que rompió la tradición, casándose a muchos kilómetros de aquel entrañable lugar.
En el siglo veintiuno, sentada ante la inmensa cristalera, se veía vestida como en el siglo diecinueve, evocando a su bisabuela
Sentada delante de la pequeña hacienda, y queriendo abarcar en sus ojos, el basto paisaje que se le dibujaba, soñó despierta, recorrer las leguas que la separaban, desde Martín malo a Baños, subida a lomos de un alazán, mientras el viento hacia volar sus cabellos, detenerse ante la ermita de la Virgen , cuyas silenciosas y grandes piedras se erigían en medio de aquella vasta campiña, después de detenerse unos minutos para rezar una oración a la patrona, del que aunque no era su pueblo natal, si sería pronto el lugar en el que enraizaría su vida y su descendencia.
Montó de nuevo para acabar de recorrer el camino, cruzando olivares, que para ella resultaban como salidos del edén, pues en sus cortos años en su país de origen, nunca tuvo ocasión de conocer, añoraba su mar, sus montañas, blancas en sus picos, los grandes bosques verdes casi todo el año, pero…algo había en aquel entorno que haría que Sara, lo amase con tal fuerza, que transmitiría por generaciones.
Sara, era la cuarta generación de aquella joven que con escasos doce años, conoció por primera vez Sierra morena, los hermosos riscos de despeñaperros y tuviese la suerte, de vivir en los parajes del más bonito y entrañable pueblo de aquellas sierras. como si ella fuese la primera Sara
La primera Sara, conoció al que seria el bisabuelo de nuestra Sara, cuando llevaba seis años en España y como no podía ser de otra forma, en lugar de seguir las costumbres de los colonos compatriotas, rompió las normas y se casó con un Bañusco.
El ocaso del sol y unos oscuros nubarrones, devolvieron a Sara a la realidad.
Sentada ahora en un cómodo sillón, repasaba ávida las viejas fotografías, no tenía ninguna de sus bisabuelos, pero sí de sus abuelos y según le contaba su madre, la abuela era igualita a la bisabuela, por eso ella llevaba su nombre.
El abuelo era bañusco de pura cepa, le decía su madre, y ella veía extraño, que siendo él de aquí y la abuela descendiente de alemanes, la diferencia en la altura fuese al revés, siempre se había imaginado a su abuela como su madre o sus tíos, seguro que heredó los genes bañuscos del bisabuelo, pensaba Sara.Se incorporó del sillón y…secándose los ojos con disimulo, volvió a sus quehaceres, ya habría momentos para volver al pasado,
¡quien sabe¡ si no lo haría pisando los mismos lugares.

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