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Vuelta al pasado

 
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villamilenaria.ad
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MensajePublicado: Dom Abr 18, 2010 9:02 pm    Asunto: Vuelta al pasado Responder citando

Eran vagos recuerdos los que venían a mi mente, sueños de niña, nostalgias de un recuerdo que había quedado grabado en aquellas infantiles pupilas y que ahora empezaban a pasar como una película de súper 8, sí, aquellas viejas cintas que dormían en el desván cubiertas de polvo y añoranza. A través del cristal se dibujaba ante mis ojos, la grandeza sublime de aquella majestuosa tierra, el verdor plateado de su océano de olivos contrastando con el negro brillante al sol, de la pizarra de sus sierras y la jara y adelfa, veri cueteando hasta el fondo del mal llamado valle, donde el espejo transparente y cristalino de las aguas daban forma al pantano, que a su vez, era el cancerbero del pasado de aquella legendaria tierra.
Sentada en el asiento delantero de mi viejo “mercedes” cada uno bautiza su coche como le gusta y con la mirada al frente intentando no perder detalle de todo lo que iba pasando ante mis ojos, recordaba mis subidas y bajadas por aquellos empinados riscos, acercándome a las adelfas del camino y oyendo la voz de los mayores diciéndome, no cortes las flores son venenosas,¿Cómo podían ser venenosas? eran ¡tan hermosas¡, al menos para mí lo eran, quizá porque en mis largos paseos hasta el agua, no había encontrado otras, o quizá, por el rosa intenso de sus pétalos.
Recordaba mi pueblo encaramado en un montículo y me veía de niña al pie del viejo pozo, que paradojas de la vida, se llama “pozo nuevo” atrás quedaban los álamos del camino, hoy desaparecidos y… la vieja vereda hacia la ermita y el cementerio, la ermita…recordar solo su nombre, era como volver de nuevo a ser niña.
Junto al pozo, un pilar que servía de abrevadero a la vuelta de la dura jornada diaria
y ante mí, la carretera que accedía a mi querida Villa. Una vieja herrería era el muro divisorio de las dos entradas, a la izquierda, la vieja carretera que solo avanzando unos metros, llegabas a las escalinatas del paseo, nunca supe come se llamaba, para mí era el acceso a la “pava”, el viejo coche de línea, que todas las mañanas recorría el camino de álamos y olivares hasta llegar al cruce, donde para mí, empezaba la agobiante civilización. Y no es que mi pueblo no estuviese civilizado, en aquella etapa de mi vida, civilización significaba, bullicio aglomeración, gente y falta de aire para respirar, por eso era tan feliz en mis cortas estancias en lo que para mí era mi paraíso particular, mi pueblo.
Catorce años tenía en mis últimas vacaciones, ya no volvería, hasta varios años después, pero esa etapa prefiero dejarla dormida en el desván de mis recuerdos, abrigada con la vieja capa de unos sueños rotos.
Había llegado a la plazuela, allí, me detuve para dejar paso a los coches que bajaban de la plaza, el paso es estrecho.
Ya en la plaza dejé mi viejo mercedes aparcado y salí de él para respirar aquel aire que todavía permanecía en mis recuerdos.
La plaza seguía siendo a pesar de sus cambios, la misma de siempre, la imponente Iglesia, la fachada de piedra de su ayuntamiento sus casas señoriales y allí como resaltando en un cielo solo hecho para ella, la almena del castillo.
Por un momento y sin moverme del atrio de la Iglesia, subí la cuesta de Santa María,
y me vi. como un granito de arena ante la inmensidad de aquella fortaleza.
Abrí los ojos para volver a la realidad y volví a mi viejo coche.
Enfilaba la calle despacio, queriendo reconocer todos aquellos viejos caserones y aquellas piedras, que tanta importancia tenían en mí.

Todo seguía igual y sin embargo todo era distinto, las casas continuaban en los mismos lugares, pero con grandes cambios, fachadas que yo recordaba blancas, eran ahora de hermosa piedra, dándoles un aire más señorial y a la vez austero.
Antes de seguir la calle que desembocaba ante la misma Cruz de las Azucenas, me detuve, tras de mí seguía impertérrita la vieja fuente, cuantos remojones me había dado,
era mi pasión mojarme y salpicar a mis amigos con el chorro mientras aplastaba la mano en su caño para que el agua se repartiera y cuantas veces me caía la regañina, niña, que el agua no se esturrea, pero yo esperaba que se escondiera en su casa quien me llamaba la atención y volvía de nuevo a las andadas.

Decidí aparcar mi coche y seguir a pie la distancia que me separaba de la ermita.
Era majestuoso lo que había ante mis ojos, era exactamente como la película que guardaba en mi memoria.
Caía el sol con fuerza sobre las casi escondidas piedras del atrio de la ermita, pequeñas briznas de hierba pisoteada intentaban abrirse camino entre ellas.
Delante mismo, se abría un corto pero hermoso paseo, en el centro de la amplia calle, que yo recordaba de casas de una sola planta, en las que el sol resaltaba sus rayos sobre la cal de sus paredes, todo había cambiado, al fondo el viejo edificio del matadero,
me llamó la curiosidad saber si todavía, se ejercía actividad en él.
Giré mis pasos , esta vez dándole la espalda a la pequeña y coqueta avenida cubierta de rosales y pequeños setos, que de seguro, harían las delicias en las noches de estío a todos sus paseantes.
Todo era diferente a como yo lo recordaba, el pueblo había crecido, las viejas y destartaladas casas, se habían convertido en otras más grandes, el progreso había llegado también a aquel añorado rincón de Sierra Morena.
Los mayores cara al sol, me miraban con extrañeza, nadie me conocía, pero algo sí, les decía en su interior que yo no era una turista más de las que se veían por el pueblo.
Quería quedarme allí un rato y recordar, pero no se porque sentí miedo, miedo a…no sabía a que, quizá a mis recuerdos, o tal vez a encontrarme con un pasado al que mi yo interno quería volver, pero mi presente, se obstinaba en olvidarlo.
Absorta en estos pensamientos no advertí la presencia de aquella mujer, que con una dulzura que me resultaba familiar, me preguntó, ¿te gustaría entrar a la ermita?, sin esperar mi respuesta continuó, ¿ves aquella puerta?, llama, las monjas te la enseñarán.
no se si llegué a llamar a la puerta y tampoco recuerdo que nadie me abriese, pero…estaba allí, en la entrada, al fondo, la mayor maravilla que en todos mis muchos años había contemplado, ¡el Camarín! sus diminutas figuras se reflejaban esplendorosamente en los no mayores espejitos que lo poblaban, se decía, que a quien lo hizo le habían sacado los ojos cuándo lo terminó, para que no repitiese tan bella obra en otro lugar. A un lado y a otro relucientes y recién rescatados
del polvo del tiempo, lucían esplendorosos los lienzos, que de niña tanto me impresionaran.
Ávida, busqué, pero no lo encontraba, de nuevo sonó en mis oídos la voz dulce y arrulladora de aquella mujer,
Ahí está, ¿lo ves?
Sí, claro que lo veía, pero… ¿Qué había pasado?, “Ella”, la Encantá, no estaba, su figura desgarradora. con los pelos encrespados y su mirada de ultratumba, mostraba la de un hombre, no por eso menos enigmática.
Ven, siéntate, me dijo dulcemente, te ayudaré a recordar
En aquel momento un frío intenso recorrió mi cuerpo, en sus verdes ojos, cuál espejos al pasado, estaba yo, la niña de negros y largos tirabuzones, cogida de su mano y escuchando atenta la vieja historia, que no se si otras madres la contaban a sus hijas, pero a mí, me la contó la mía aquel último verano, a partir de entonces, ya no volvería a disfrutar de sus paseos ni de las bellísimas historias que me contaba, cuándo juntas volvíamos a nuestras raíces.
Mi querida niña, no debí contarte la leyenda de aquella forma, se que solo te producía miedo y terror, pero eso, lo se ahora, por eso estoy aquí, para contártela tal y como siempre se ha conocido, casi todos la creen leyenda, yo puedo asegurarte que no lo es.
Habíamos dejado atrás la ermita y a los viejos tostándose al sol, el paseo había desaparecido y las puertas del viejo matadero estaban abiertas, dando muestras de que dentro había actividad...
frente a nosotras, el negror de la pizarra de aquella sierra, las viejas encinas, las subidas y bajadas de sus montes abrían el camino en el profundo barranco.
Desde el pozo Luzonas, el camino se abría entre riscos de pizarra y matojos, jara y tomillos desprendían su aroma, que iba impregnando en el ambiente,
A medida que avanzábamos ambas silenciosas, un halo de paz y seguridad me invadía el alma y a la vez sentía el miedo que de niña me producía caminar por aquel lugar. Atrás quedaba el altozano dejando solo al descubierto de la mirada los rojos tejados de las casas.
los arroyuelos que serpenteaban en el barranco, daban vida a aquella majestuosa naturaleza.
Me vi. reflejada en sus limpias aguas, transparentes, como espejos límpidos y relucientes que iban mostrando por momentos imágenes de mi vida, todos los momentos felices y amargos, se fueron reflejando en aquel pilar, el mismo que según la leyenda, contaba que en sus aguas reposaba la Encantá a la espera de que cualquier alma se asomase, para cambiarse por ella.
Bajé de la piedra en que me había subido para llegar al borde del pilarejo y mirando a la mujer, le pregunté; ¿Por qué no me ha cogido la encantá?, no decías que los que pasaban por aquí y se asomaban se quedaban dentro hasta que pasara otro y se cambiaran?
Sonreía, sus grandes y verdes ojos me miraban con un candor especial, pero que para mí, no era extraño.
Mi querida niña, esto no es más que la ventana a tus obras, es…como un libro en el que se han ido escribiendo todos tus pasos, si tu alma ha sido noble, las aguas del pilar serán claras, aquellos que temían tanto pasar por aquí, era por su mala conciencia,
nunca tengas miedo a nada, si siembras esperanzas recogerás alegrías, si siembras vientos…recogerás tempestades.
El ruido del agua golpeando un papel y el olor de tierra mojado me trajo de nuevo al presente.
El autobús acababa de aparecer, por la curva que llegaba desde la carretera de la llaná

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